Uno lee las noticias sobre Cuba ―en Facebook, en Twitter, en los diarios online― y en la marejada de comentarios descubrimos siempre la misma catarata (por no decir diarrea) de insultos, sospechas y acusaciones mutuas. Esa desconfianza es el mayor legado que han dejado los hermanos Castro para la posteridad, entre los ciudadanos de una isla que han arruinado política, económica, social y emocionalmente. La suspicacia y el temor ―lo mismo en política que en arte― han hecho mella en la sociedad cubana dentro y fuera de la isla. Como el debate abierto se ha convertido en un acto suicida se prefiere el anonimato (y reconocemos que este blog es un ejemplo de eso).
Contrario a lo que ocurre en sociedades democráticas, entre cubanos una crítica u opinión contraria a las ideas de un individuo es considerada de inmediato un ataque personal. El criticado entonces adopta posiciones de venganza medieval, de cruzado, de extremismo casi musulmán, y sale al ruedo blogosférico machete en mano para descargar su ira contra el atrevido que osó criticarlo. Se forman grupúsculos que se espían entre sí, lidereados por algún capitancito o capitancita de solar que organiza sus huestes de 6 ó 7 seguidores (siempre los mismos) y de otros 6 ó 7 seudónimos inventados por él o ella, para que le apoyen con sus comentarios, cuando el capitancito(a) ataca a quienes osaron criticar sus posturas ególatras o sus mentiras. De este modo repiten el mismo esquema partidista de los Castro, a quienes aseguran combatir, y se convierten en sus agentes involuntarios, que apoyan la labor de zapa del castrismo contra la libertad y la democracia que dicen defender.
Lo curioso es que cuando acusan de cobardes a quienes prefieren el anonimato para hacer sus críticas, ellos también acuden a nombretes o apodos para no nombrar a las personas a quienes acusan, como si también tuvieran miedo al enfrentamiento. Dicen que ellos (o ellas) dan la cara para hablar, pero en el fondo son lo bastante cobardes como para no atreverse a nombrar a quienes acusan. Así es que la cobardía ―si de eso se trata― es colectiva. La diferencia está en que unos asumimos el anonimato de manera ostensible, mientras que otros se disfrazan de demócratas para insultar o mentir de manera solapada.













