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Padura (der.) con el periodista Wilfredo Cancio, en Miami
Como parte de las iniciativas de intercambio cultural entre Cuba y Estados Unidos, el escritor Leonardo Padura fue el invitado “keynote speaker” a la University of North Carolina (Chapel Hill), donde sostuvo una conferencia sobre la relación entre viaje y literatura. No sorprende, entonces, que Padura comenzara su ponencia con una apostilla que abrazaba estas nuevas medidas del intercambio cultural y el acogimiento de no pocas universidades norteamericanas hacia su obra. “La academia norteamericana es fundamental no solo para mi obra, sino para la obra de muchos escritores cubanos”, dejó dicho Padura con una sinceridad aplastante. A la vez que una felicidad se desprendía de su mirada, puesto que comentaba que su visita a Chapel Hill era solo el comienzo de todo un plan de ruta por diferentes departamentos de literatura en Estados Unidos (...)
La conferencia de Padura se titulaba “La Habana nuestra de cada día”, y pretendía repasar, en una hora coloquial, la historia de la capital cubana a través de la literatura. Entre el ensayo histórico y la narración de viaje, Padura ataba cabos desde el origen de la literatura cubana hasta el comienzo de sus novelas policiales. (…) Abría con una mención a Manuel Moreno Fraginals y su libro Cuba/España, y por momentos, uno tendría la idea que la conferencia se trataría del mar, ya que se detuvo unos quince minutos sobre la bahía, los colores del mar y la historiografía del comercio colonial habanero. Para Padura el mar simbolizaba la entrada de la ciudad y sus colores. Sin embargo, ¿no es también el mar la salida del país? ¿No es el mar, la fuga, la balsa, o la fabricación de una invasión de Norteamérica? En ningún momento menciona —anoto en mis apuntes— el terror que también encarna y convulsiona el mar sublime de Martí en “Odio al Mar”, o las balsas de Luis Cruz Azaceta que naufragan en las corrientes del Golfo.(...)
Padura no logra abordar la cuestión política. Repite adagios a la manera de “problemas sociales”, “diferencias culturales”, “visiones opuestas”, “dilemas del racismo”, pero no logra adentrarse en la raíz del problema que, si hablamos de la ciudad actual de La Habana, lo encontramos en la función político-cultural de la Isla.(…)
La otra parada en este derrotero genealógico por la ciudad es Tres Tristes Tigres, de Cabrera Infante. Novela que, para Padura, marca otro ritmo de la ciudad, donde se pasea en carros americanos, se leen novelas americanas, se habla en inglés, y se alientan las noches en los night-clubs habaneros. La Habana de Cabrera Infante es el lugar donde se entremezclan los lenguajes, advierte Padura, y remata: “He ahí su mayor mérito: haber construido el lenguaje de lo habanero”. Pero se detiene. En ningún momento nos explica Padura a qué tipo de lenguaje se refiere, o si acaso se puede explicar una ciudad bajo el signo monolítico de un solo “lenguaje habanero”. En todo caso, el Cabrera Infante de Padura, (…) es un escritor que poco o nada dice sobre la política o los mecanismos culturales durante esta fase terminal de La Habana revolucionaria.
Y es curioso que el momento que más esperaríamos de la conferencia de Padura, donde llega a la Revolución Cubana, sea justamente donde encontramos un páramo de soledad, una especie de vacío de nombres propios y obras literarias (…) y se tenga que pasar al registro de unos cuantos nombres de escritores difuntos o marginados de la cultura cubana. Por ejemplo, salen a flote los nombres de Jesús Díaz, Lisandro Otero, Edmundo Desnoes, Humberto Arenal, Reinaldo Arenas y Pedro Juan Gutiérrez. Escritores que, según Padura, han vuelto a una Habana donde lo que prima son las ilusiones perdidas y la batalla cotidiana del hombre frente a su entorno.(…) Si de ruinas y política hablaba, ¿cómo es posible que Padura pase por alto los cuentos y la novela La Fiesta Vigilada, de Antonio José Ponte? Pero quizá abordar un cuento como “El arte de hacer ruinas”, obligaría a Padura a politizar su discurso, algo que, desde el comienzo de su charla, intentó aislar por todos los medios posibles. Una vez terminada su ponencia, Padura lo dejó aún más claro: “No soy político, no quiero imaginar el futuro de Cuba”.
Al silenciar a los escritores cubanos de la década de los noventa y de estos últimos diez años, Padura repetía el gesto de la política oficial cubana, que continuamente opone, dentro de una norma binaria, escritores de la Isla y del exilio. De ahí que, salvo una breve y enigmática mención a Abilio Estévez (“Mi amigo Abilio, escritor publicado también en Tusquets, quien ahora vive en Barcelona”, decía Padura con afección), los escritores cubanos exiliados brillaran por su ausencia, y los que figuraban habían ya habían pasado a mejor vida (Cabrera Infante, Arenas, Novas Calvo, Díaz). Menciones a Karla Suárez, Rogelio Reverón o Pedro Juan Gutiérrez, dejaban a un lado escritores como Daína Chaviano, Antonio José Ponte u Orlando González Esteva, que desde la novela, el ensayo o la poesía, han ofrecido lecturas fundamentales sobre la ciudad.(...).
Al preguntarle a Leonardo Padura, tras terminar su ponencia, si él veía alguna diferencia en cuanto a la representación de la ciudad entre las escrituras producidas dentro de Cuba y las de fuera, el autor de Las estaciones, abogó por una “literatura de la unidad”. Y me respondió con una pregunta retórica en el mejor sentido anglosajón: “Chico, mira, no, no hay diferencia alguna. La literatura cubana es Una. Piensa en Celia Cruz, ¿existe algo más cubano que ella?”. (…).
Una de las sorpresas que nos llevamos del autor habanero fue su respuesta a otra de las preguntas de la audiencia, en la cual el escritor defendió con vehemencia a las editoriales españolas (Anagrama, Tusquets, Planeta, Alfaguara) que mantienen el monopolio de las publicaciones latinoamericanas. Según Padura, el mercado es la única forma de unidad entre escritores. (…) El discurso de Padura hizo visible el funcionamiento del escritor orgánico de la Cuba de hoy. Ya no importan las ideologías, la Revolución, el bien o el mal, lo importante es hacerse visible en el mercado y encontrar allá, con suerte de las academias, el mecenazgo que no pudo ofrecer el respaldo cultural del Estado revolucionario.
Gerardo Muñoz es graduado de University of Florida.
Fragmentos de un artículo publicado en Cuba Encuentro.